Ileana Andrea Gómez Gavinoser

lunes, 16 de mayo de 2011

DULCINEA- Francisco Pelegrin (copyright)


Donde espacio y tiempo se comprimen, ya no hay espacio ni tiempo

No sé a qué fecha pertenece lo que les cuento. De lo que sí estoy seguro es de que en este mundo conflictivo y en esta época preñada de utilitarismo no ocurren cosas semejantes.

Un escritor prolífico no muy conocido se enamoró de una mujer que, durante varios años solo había sido su amiga; a ella le pasó lo mismo. El de ellos no había sido un amor a primera vista, tal vez porque ya era diferente antes de nacer. Formaban una pareja nada común; vivían un romance cuatridimensional, es decir, que tenía una dimensión más que el vínculo tridimensional que une a las parejas normales. Se amaban en un tiempo sin antes ni después y se abrazaban en un espacio sin derecha ni izquierda; sin arriba y sin abajo. Tenían los pies en la tierra y los corazones más allá del mundo.

Como era una mujer muy especial, a él no le bastaba quererla, necesitaba idealizarla y en la relación, para sentirla más suya decidió cambiarle el nombre y ponerle uno que solo usaría él para nombrarla; por eso, cuando escribía sobre ella decía: “Mi sin par Dulcinea, princesa manchega porteña, alta señora, ama de mis pensamientos, la que va a hacerme perder la poca cabeza que tengo”.

Para aspirar a conquistarla hay que ser loquincho o por lo menos caballero andante. Pero ser caballero no basta; además, hay que estar enamorado de ella para que su aventura –cuando la cuente– los lectores la encuentren más apasionante.

Dulcinea, Buenos Aires La Mancha, venturoso sea el que tenga la dicha de tratarla; para conquistarla no hace falta tener fama ni fortuna; con ser piantado y fantasioso alcanza.

Halagada, la romántica amiga que escribiendo a él no le iba en zaga, le hizo llegar un hermoso poema suyo.

EN SILENCIO

Aunque nunca mi cariño

tenga el premio de tus besos

y aunque nunca mis palabras

repercutan en tu pecho

yo lo mismo he de quererte

con los ojos, con el alma,

sin palabras y en secreto.

Como quieren los que sufren

los que sufren en silencio.

Porque te llevo en mi vida

como si fueras un sueño

como si todo lo tuyo

se adormeciera en mi cuerpo.

Benditas sean las horas que

me traen tus recuerdos

cuando a solas en mi cuarto

sin mirarte yo te veo.

Y ese viajero incansable

que se llama pensamiento

te sigue a todas partes

para cubrirte de besos.

Porque tú me has enseñado

a quererte desde lejos

con los ojos, con el alma,

sin palabras y en silencio.

Emocionado por la musicalidad y la belleza del poema recibido y, para expresar su agradecimiento, le escribió:

“Mi querida Dulcinea:

Te escribo a media voz porque me gusta decirte cosas al oído. Escondido en esta página me encantará oír tu respiración mientras estás leyendo.

A mi poca sensatez se la llevó el viento y me dejó solo en la tierra con mis chifladuras. Con mi ser loco por la música, por la pintura, la poesía y la literatura. Mucho temo –porque lo presiento– que en poco tiempo más, voy a estar para un chaleco de fuerza porque mi sinrazón sigue en aumento. Ya comienzo a sentirme peor-mejor; mejor-peor porque asimismo ahora, creo sentirme reloco por vos.

Tu loco de atar no quiere que le aflojen los nudos.

El poema que Dulcinea le envía al escritor pertenece a Isabel Guzzoni.

martes, 10 de mayo de 2011

En el Toboso

¿No tuvo en esta Mancha su cuna Dulcinea?

¿No es el Toboso patria de la mujer idea?

Antonio Machado

En el Toboso

Un viaje imaginario

La primera vez que fui a la Mancha era jovencito. Corría el año 1905. Había llegado allí de la mano del gran escritor español José Martínez Ruiz, más conocido por su seudónimo Azorín, que también era periodista de El Imparcial, famoso diario dirigido por su propietario, don José Ortega y Munilla, padre del ilustre filósofo Ortega y Gasset. Le había acompañado a recorrer la misma ruta que trescientos años antes habían recorrido don Alonso Quijano y Sancho Panza. Por entonces no había caminos, por eso hicimos el viaje en un viejo carromato destartalado. En el trayecto, largo y tortuoso, pasamos junto a un labrador que estaba sembrando y yo hice una observación ingenua. El carrero se asombró de mi ignorancia y, sin decir nada, sonrió piadosamente. Al notarlo, don José me dijo al oído con picardía:

-Seguramente está pensando en nosotros: “Estos pobres hombres de ciudad son tan ignorantes porque nunca salen de sus libros”.

Continuamos a los tumbos por caminos desastrosos; tres horas después empezaba a oscurecer, bajamos y seguí los pasos del renombrado autor. Alguien dijo que no es cuestión de merecimientos el recibir alguna gracia de los dioses; tal vez por eso aparecí en el pueblo de Dulcinea que, al instante, pese a su estado ruinoso, me cautivó. No sé si por las sacudidas del carro o por la excitación que tenía, me temblaban las piernas.

Con emoción profunda y un recogimiento casi religioso, puse mis ojos en la villa en la que tres siglos antes habían estado Sancho y el Quijote. Con ajada voz amarillenta, como para sí mismo, el gran escritor dijo a media voz y con amargura:

-El Toboso, ahora es un pueblo vetusto, muerto; aquí se extrema el silencio y hay una condensación de toda la tristeza de la Mancha.

Hechizado por las venerables ruinas, estaba atónito, pero atento a cuanto decía Azorín. Me mostró la desvencijada torre de la vieja iglesia y más adelante, los raídos techos de casas decrépitas con paredes que se caían a pedazos. El silencio era tan profundo que oía la respiración del maestro. Los pocos árboles que se veían, estaban resecos y ennegrecidos por la sequía y el tiempo. Corrales sin animales acentuaban la descarnada y penosa desolación. No había en los alrededores señales de ningún ser viviente. Han dicho que muchos años atrás, el Toboso había tenido una población caudalosa. Tal vez por eso, lleno de tristeza, preguntaba mi instructor:

-¿Cómo es posible que este pueblo haya podido llegar a este estado de desquicio y decadencia?

Seguimos recorriendo calles y solo vimos muros abatidos o cuarteados, puertas trancadas, dinteles caídos, veredas despedazadas. Yo, intrigado, me preguntaba:

-¿Cuál de éstas pudo haber sido la casa de Dulcinea? ¿Era realmente Aldonza Zarco de Morales?

-Algunos han contado que la casa de la inigualable princesa se levantaba en un extremo del poblado. Sigamos buscando-me dijo- que aún deben perdurar sus despojos.

Bajamos por una estrecha callejuela de tierra y pasamos por una abandonada plaza desierta. El literato se detuvo; yo también. Codeándome señaló a su derecha y ante el descubrimiento dijo con entusiasmo:

-Mira, muchacho, este antiguo edificio antaño debió ser grande y de dos pisos, mas toda la parte superior se vino a tierra. Tal vez fue la mansión soñada por el hidalgo, el hogar de la más admirable de todas las princesas manchegas.

Gracias a Dios la hemos hallado -pensé- y empiezo a soñar despierto. Las ramas de un viejo olivo se apartan y liberan al eco escondido de la voz del Quijote, diciéndole con autoridad (la estoy oyendo) a su escudero:

-¡Da voces Sancho! ¡Llama a la sin par Dulcinea, que a estas horas todavía ha de estar despierta!

Frente a la entrada de la casona, envuelto en las sombras cómplices de mi sueño, el fantasma de un anciano enjuto, cubierto por su holgada capa, junto a su rocín inerte…espera…

Francisco Pelegrin(copyright)

jueves, 19 de agosto de 2010

MENSAJE PARA LA GENTE MAYOR


Me gusta la oscuridad porque en ella desaparecen las formas; sin palabras en la radio, llega hasta mí un silencio denso, envolvente, que me penetra; un silencio ocioso, sin voces, música ni ruidos, que se asocia a la penumbra y trae a mi mente la idea de la Nada. La Nada es un vacío existencial que me paraliza, me desarma; como es la negación de la vida; entonces debo volver a encontrarme viviendo, lo que equivale a decir ocupado. El quehacer es una de las primeras categorías de la existencia; por eso ya mismo debo ponerme a comer, a bailar, a cantar, a escribir, o hacer cualquier cosa que tenga a mano; por ejemplo proyectar, para escapar de la angustia que me jode cuando me pongo a pensar en la Nada.
Para que me acompañe en la noche tendré que inventarme un receptor necesario, para que mi meditación tenga un sentido. Entonces, para ser más convincente, a media voz, en tono confidencial y al oído podré decirle: la vida no es una cosa, las cosas son temporales, tienen principio y fin. La vida como objeto metafísico, como ámbito del suceder, como entorno de cada cual, no es eterna, pero es intemporal. Para que así sea, debés vivir de instante en instante; aferrarte a cada momento con apetito voraz, con fuerza, no como si fuera el último, pero sí como lo que es, una gracia única, irrepetible; un permanente comienzo, la vida más que vivirla hay que festejarla porque es una fiesta.
A cada jovato como yo, y a cada veterana también, gran familia de la generación mía, hermanos de miedos, de sueños incumplidos y fracasos repetidos, les pido no pensar en el ocaso. Pese a las frustraciones y desencantos, pedazos no desechables de nuestro largo vivir, no tolerar la resignación; no conformarnos con lo bueno, aspirar siempre a lo mejor.
Cada mañana que llega trae una promesa virgen; antes de levantarnos invoquemos a Juno, diosa romana de la fidelidad conyugal, de la fertilidad y protectora de los partos, para que nos ayude a parir la vida nueva que nos nace cada día. Para salir a la calle propongo: empezar la jornada canturreando con alegría el viejo tema: “Qué importa que esté lloviendo si el Sol está en mi corazón”. Luego, evitemos el ritmo de vértigo con que se vive; obremos con cuidado, temamos al decaimiento, gocemos con lo que hacemos; hagamos todo con amor; no actuemos precipitadamente, con la desprolijidad de quien escribe un borrador diciendo para justificarse: No importa, estoy apurado, mañana me paso en limpio.
Gonzalo Rojas, con ochenta y cinco años, aún está en plena actividad literaria; el poeta chileno, de juventud inagotable, con humor acostumbra a decir de sí mismo: “Soy un viejoven”. Desarrolla con constancia la teoría de una lozanía permanente aplicada a la vida; él la llama teoría de la mocedad octogenaria, y dice: “La vejez avanza sobre el cuerpo que está indefenso y no hay forma de detenerla; pero la mente de cada uno de nosotros es una fortaleza, y en esa defensa natural, inexpugnable, que Dios nos dio, si está bajo nuestro control, la decrepitud no entra”. Y para que todos podamos sentirnos jóvenes nos invita a mirar al Mundo… “eróticamente”.
El escritor británico Julian Barnes, dijo sabiamente: “El corazón y el cuerpo, envejecen con velocidades diferentes”. Yo, a esa idea brillante, me permito agregarle un par de observaciones personales: Me apena encontrar a cada paso a personas de cuarenta, con corazón anciano, amargo, pesimista y sombrío, mientras otras en cambio, después de los setenta, aún lo tienen lleno de ternura, de optimismo y entusiasmo; colmado de vitalidad y de vida; son corazones que conservan el gusto de reír…, y las ganas de seguir pecando.
Comparo la vida a una sinfonía; antes de los primeros compases el silencio, tras los últimos otra vez, pero en la composición todo es melodía y hasta las pausas son musicales.
Lo mismo pasa con el viviente: antes de llegar al mundo desde un cero sin memoria, para construir una vida con recuerdos, mucho antes de aparecer en la tierra, como fenómeno biológico –después será ente biográfico–, antes de que su historia personal comience, allí está como fondo, aterradora, la Nada. Después del último aliento aparecerá otra vez, pero mientras estás viviendo, la tuya como la mía solo es vida y la Nada –igual a la muerte– debe permanecer afuera, no hay sitio para las dos. Lo esencial de una sinfonía puede aparecer al final; en la vida de cada uno –en la tuya también–, lo mejor podés saborearlo en la última etapa. Igual que en algunas sinfonías, los compases más hermosos pueden aparecer en el último movimiento.


jueves, 12 de agosto de 2010

INCOMUNICADOS




—Esc… esc… esc… —Intentó decir.
—No empecemos con la historieta de siempre que tengo apuro. –Dijo la mujer– Tengo hora con el dentista.
—Esc… esc… esc… –insistió él.
—Te ayudo, pero tengo que irme –y agregó viendo que el marido levantaba la vista–. Escalera.
Él niega con la cabeza y sigue: —Esc… esc… esc…
—Escoba. –Responde pensando que quiere barrer la vereda.
Vuelve a negar. Insiste: —Esc… esc… esc…
Observa que le está mirando los pechos: –Ahora sí, escote.
Niega con el dedo índice.
ELLA —Pensar que cuando éramos novios hablaba bien y hasta por los codos. Quien lo ha oído y quien lo oye; ahora los coditos los usa para hacer economía. (alza la voz) Escarabajo.
ÉL (negando con la cabeza) —Esc… esc… esc…
ELLA (para sí) —Somos una pareja sin igual. ¿Como hacemos para entendernos? El no es mudo porque habla. Por su puesto mal, algunos días peor, como hoy, por eso es tartamudo. Y yo que tengo que entenderlo no soy sorda pero oigo mal. ¿Me habré contagiado y ahora soy tartasorda?
Él (se impacienta)
ELLA —Escalera, escudo, escuela.
EL (de mal humor gesticula)
ELLA (para sí) —Ay…, siempre acierto pero hoy no emboco una. ¿Será porque es martes 13? (a él) —Escuela, escudo, escrache, escama, escombro, escala.
ÉL (furioso, toma un marcador y escribe sobre un papel con letras enormes) ”ESCULAPIO”
ELLA —No te metas con Sócrates, ni con Critón. Dejá dormir a los gallos. Que al patrono de la salud otros le hagan las ofrendas. (se abriga, agarra la cartera; sale)
Él mira al perro que lo observa. Luego acaricia al boxer que le da muestras de afecto.
ÉL (al perro) —Esc… esc… esc…

LA INVASIÓN DE MONGO


En el planeta Yuto, las radios en cadena informan a sus habitantes sobre un hecho grave: ¡Atención yutos y yutas…, atención! Mongo, con su rey al frente invadió la Tierra. Nuestros gobernantes van a reforzar nuestras defensas subterráneas, antiaéreas y antiloquivenga por lo que pucha pudiera.
Mientras tanto el rey Mongueche, de Mongo después de haber recorrido los países conquistados, entre ellos el de Chávez, el de Fidel Castro, el de Busch, y el de Zapatero está satisfecho. Ahora está en la Argentina. —¡Cuanta tierra, cuánta agua!, estamos salvados. Mucha fruta, muchas papas, mucho trigo, me informan que sirve para hacer una cosa que llaman pan. Dicen que lo llaman pan porque sirve patóo Así mismo hay llanuras inmensas, montañas, nieve, aquí tienen de tóo. Lástima que haya tantos argentinos. Pero vamos a reducir la población porque vamos a echar a los que no sirven.
El conquistador vuelve a su planeta; como es religioso y mujeriego extraña a las mongitas que en los templos cleromongos le rezan con fervor a Sanfalo, patrono de la población femenina. Vestidas con minihábitos rojos y maxiescotes muestran con orgullo sus piernas y pechos. En la Argentina queda el virrey de Mongo, Aurelio, quien dice a sus colaboradores: —El amo me dejó la orden de reducir la población. Tenemos que empezar por los más inútiles.
—(Coro) ¿Y quiénes son?
—Los políticos.
—(Coro) ¡Cómo vamos a hacer?
—Vamos a aplicar la teoría cuántica de Salvatierra.
—(Coro) ¡Qué dice esa teoría?
—Para acabar con esa lacra social hay que abolir por inútiles, los juramentos de lealtad y patriotismo y desterrar las mentiras porque sin ellas…, como dice la letra de un tango que me hizo oír un porteño, sin esas mentiras no pueden vivir.


EL ASOMBRO








Me asombra la claridad serena de los días que pasan y la oscuridad amiga de las noches que se alargan. El pasto verde que brota, y el yuyo amarillo que agoniza. El capullo que nace y la flor que se marchita. Me entretiene ver a la lombriz arrastrando la panza por la tierra, y seguir el vuelo de la mosca en la cocina. Me alegra oír la voz chillona del nieto que llama y la cascada del abuelo que contesta.
Me conmueven la risa y el llanto. Me alegran los colores primarios, blanco, negro, azul, rojo y amarillo. Las siete notas musicales, el canto suave de las cuerdas y la irrupción impetuosa de los instrumentos de viento. Me transportan las marchas fúnebres, las canciones de cuna y también los tangos. Me seduce el olor de la tierra fresca y de la piel recién lavada; me maravillan los gustos diferentes, neutros agrios o dulces. El milagro del tacto, que anulando las distancias me conecta con lo áspero y lo suave, con lo duro y con lo blando.
La vida es un perpetuo asombro, me irrita que haya gente que pareciera tener un velo negro en los ojos; su indiferencia me desconcierta, me cuesta creer que nada los asombre.

LLUVIA




¡La pucha!, el mal tiempo se vino con todo. Tendría que salir pero no tengo piloto. Para colmo estoy resfriado. No deja de llover, ¡qué aguacero! Me están esperando; en casa tampoco hay un paraguas. ¡Carajo!, por momentos diluvia!, prometí estar con ellos pero en el barrio no hay ningún colectivo que me lleve directamente y no tengo guita para un taxi. No puedo hacer nada. Cada minuto que pasa aumenta mi impaciencia; en el reloj de la cocina vuelvo a mirar la hora; se está haciendo tarde, me desespero. En tanto sigue lloviendo; como si nunca hubiera llovido. Llueve…, llueve..., llueve, no para.